
Infolatam
Madrid, 6 de octubre de 2008
Hace veinte años ochenta mil chilenos se reunieron en el Estado Nacional de Santiago para festejar el triunfo del "No" sobre Pinochet. Era la fiesta de la democracia aún por llegar, del "Así me gusta Chile" y del final de una dictadura negra. Ayer apenas alcanzaron la cifra de cinco mil los congregados en el mismo recinto y en torno a los mismos líderes de entonces: Aylwin, Frei, Lagos y la continuadora de aquella saga, la actual presidenta, Michelle Bachelet. Quizá aquella explosión de libertad no sea hoy exclusiva de sus reconocidos administradores.
Aquel 5 de octubre de 1998, frente a la mayoría exultante, un 56 por ciento de los votantes en el plebiscito, una minoría no despreciable, un 43 por ciento, se ocultaba temerosa de un pendulazo histórico. Las sombras traumáticas de la Unidad Popular estaban demasiado presentes en la memoria de quienes votaron "Sí" a la propuesta de Pinochet. Tanto como "el trabajo" de la DINA entre los opositores a la dictadura.
De cualquier modo, aquella fecha marca un hito, como un segundo día de la independencia de la sociedad chilena. Los administradores de aquel "No" revalidaron su triunfo un año después al derrotar en las primeras elecciones presidenciales al candidato continuista, el economista Buchi, último ministro de Hacienda del caudillo chileno, avalado por el pequeño milagro económico procurado en la segunda mitad de los años 80 por los ejecutivos que no tuvieron empacho en trabajar en los gobiernos del general.
Con mayor o menor acierto, montados en el cambio cultural propio de los nuevos tiempos, además de escarmentados de la experiencia de la Unidad Popular, y con altas dosis de prudencia y pragmatismo, los administradores del "No" reunidos en una alianza electoral que hasta ahora parecía a prueba de balas han venido administrando el gobierno de la República desde marzo del año 90. Demasiado tiempo para que no hayan aparecido demasiadas goteras. La corrupción es una de las principales y, quizá, la más costosa políticamente.
Pero hay algún elemento nuevo de cara a los próximos comicios. Primero, en los municipales, la Concertación parece que concurrirá con candidatos diversos; es decir, que socialistas se enfrentarán a democristianos, y éstos frente a radicales. Cuál sea el efecto de esta singular estrategia está aún por ver. De cualquier forma, la coalición ya no lo será tanto a partir del próximo mes.
Y luego, las presidenciales, finales de 2009. En los tres años que lleva al mando, Bachelet no ha proporcionado una sola satisfacción a los chilenos, su valoración ha caído como suflé fuera del horno. Desde las filas de todos los partidos de la Concertación se han desgajado líderes singulares que hoy asisten como independientes a las sesiones parlamentarias. No se registra una figura emergente capaz de reconducir la caída que el propio oficialismo siente que sufre. Y dentro de él, la democracia cristiana no parece que vaya a resignarse a votar por tercera vez consecutiva otro candidato socialista.
El ex presidente Ricardo Lagos, una de las figuras clave en aquella batalla por el "No", el hombre que todo chileno recuerda como el líder capaz de blandir su dedo índice frente del dictador, cuando aquello tenía mérito, repite cada vez que tiene ocasión que no será candidato; aunque guste de matizar que no lo es "en el día de hoy". De cualquier forma su apreciación, según las encuestas ha caído a niveles prácticamente imposibles de superar frente a un candiato con aura de ganador.
Porque, y ésta es otra novedad, el candidato oficialista habrá de enfrentarse a un rival singular. Un hombre de familia y amistades mayoritariamente democristianas, que nada tuvo que ver con la dictadura, rico hasta decir basta -quizá su punto débil para el pueblo chileno- y, sobre todo, que también voto "No" aquel día de octubre de hace veinte años.
A él no le cuadran las inconveniencias que la presidenta Bachelet dijo ayer sobre la oposición en una jornada que ella debió atender con espíritu nacional suprapartidario. Aquello de que no es lo mismo ser padres de la democracia que hijos de la dictadura, o que no es lo mismo llorar porque la democracia llegaba que llorar porque Pinochet se iba, además de impropio, ciertamente no va con Sebastián Piñera.
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