EL ANÁLISIS

El caso de Colombia es una lección al mundo

 

Infolatam
Buenos Aires,


(Especial para Infolatam).-

"... La guerrilla ideológica del siglo XX ya es cosa del pasado. La subversión de hoy es màs indiscutiblemente criminal, y debe ser combatida por estados que reclaman, y cuyas sociedades les demandan, que ejerzan el monopolio de la fuerza. El segundo mensaje, quizás más importante y actual, es para los países del mundo desarrollado que se ven involucrados en acciones antiterroristas: la profesionalidad de las fuerzas armadas puede ser aplicada dentro de la ley y con un respeto absoluto por los derechos humanos."

 

El mundo entero vive conmovido por la impresionante acción militar de rescate de los rehenes de la FARC en Colombia. El hecho de contarse Ingrid Betancourt entre los rescatados en esa operación le añade interés y también espectacularidad. El fortalecimiento político del presidente Alvaro Uribe, dentro y fuera de Colombia, es una de las conclusiones obligadas de todos los análisis. También lo es la proyección de Ingrid Betancourt a una suerte de estrellato, el cual bien podría convertirse en un capital político aplicable dentro de su país o en algún otro plano de la vida internacional.

Hay otro aspecto a subrayar, entre las muchas implicaciones y lecciones que ofrece esta experiencia en Colombia. El gobierno de ese país fue reiteradamente criticado, tanto por sus vecinos más inclinados a simpatizar con la guerrilla como por muchos otros actores internacionales -incluyendo, por cierto, a Francia, involucrada en el secuestro de Betancourt-, por su supuesta propensión a encarar la lucha contra la guerrilla por métodos "inhumanos", insensibles al sufrimiento de los seres humanos de carne y hueso víctimas de la situación, y por una supuesta orientación favorable a los "paramilitares", las fuerzas de choque ilegales antiguerrilleras.

La asociación evidente con todo eso era una proyección casi lineal de la experiencia de las guerrillas latinoamericanas de las décadas anteriores y la represión ilegal, y muchas veces brutal, por parte de gobiernos militares o derechistas. El mundo entero -empezando por buena parte de Europa y los Estados Unidos- construyó una historia de represión, violación de los derechos humanos y, en no pocos casos, idealización de la guerrilla. Ese relato se sostuvo hasta ahora en parte alimentado por hechos reales, indiscutibles, y en parte por un sesgo pro guerrilla.

La proyección de esa construcción histórica a la situación colombiana actual fue dura y problemática para el gobierno de Uribe. Como lo han subrayado reiteradamente analistas y comentaristas de todo tipo -incluyendo a algunos ex dirigentes de la izquierda subversiva-, de las guerrillas latinoamericanas del siglo XX se pueden decir e interpretar muchas cosas, pero algo indiscutible fue su carácter ideológico; en cambio, de la FARC, si hay algo indiscutible es su carácter no ideológico y mafioso. Al mismo tiempo, el problema de los "paramilitares" en Colombia existe, independiente de los esfuerzos del gobierno de Colombia para acabar con ese fenómeno.

Lo ocurrido el 3 de julio con el rescate de los rehenes, y la actuación y las posteriores declaraciones de todos los jefes militares de Colombia -además del propio presidente Uribe- ha evidenciado que la lucha contra la FARC se está desarrollando enteramente dentro de la ley y está orientada por los valores de la legalidad y de los derechos humanos -en América, consagrados con fuerza supraconstitucional por el Tratado de Costa Rica, que muchos países adoptaron en sus propias constituciones-.

El mensaje importante de Colombia al mundo -y muy especialmente a América Latina- en este plano, es que es posible combatir al terrorismo y a la guerrilla dentro de la ley y con arreglo a valores superiores. Colombia demuestra que es posible que una nación democrática se de a si misma Fuerzas Armadas profesionales, eficientes y a la vez subordinadas al poder legítimo del Estado. Y -otra cara de esa moneda- las Fuerzas Armadas son necesarias en una sociedad civilizada, son parte de las estructuras institucionales de un Estado capaz de asegurar a sus habitantes la seguridad y la protección de sus propias vidas.

Para América Latina este mensaje es muy fuerte. El hecho de que provenga del gobierno más popular que conoce el continente -y, en verdad, el mundo entero- lo refuerza. Pero este mensaje es también importante para todo este mundo en el que, lamentablemente, proliferan los focos de violencia, de insurgencia, de subversión y de terrorismo. Para el mundo, es un mensaje con doble significado: el primero tiene que ver con la imagen de América Latina y la idea de que estas sociedades son demasiado injustas y eso lleva a tolerar rebeliones que en sociedades más "normales" no son ni serían aceptables; y que el mantenimiento del orden conduce casi inevitablemente a la represión ilegal y al militarismo autoritario. La guerrilla ideológica del siglo XX ya es cosa del pasado. La subversión de hoy es màs indiscutiblemente criminal, y debe ser combatida por estados que reclaman, y cuyas sociedades les demandan, que ejerzan el monopolio de la fuerza.

El segundo mensaje, quizás más importante y actual, es para los países del mundo desarrollado que se ven involucrados en acciones antiterroristas: la profesionalidad de las fuerzas armadas puede ser aplicada dentro de la ley y con un respeto absoluto por los derechos humanos.

 

 

 

 
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