
Infolatam
Madrid, 19 de junio 2008
(Especial para Infolatam).-
El conflicto con el campo ha dejado de ser un diferendo sobre la redistribución del ingreso, reivindicaciones sectoriales o, inclusive, acerca de un determinado modelo de país, y se ha convertido en una lucha burda y brutal por el poder. Como las instituciones no cuentan, sólo importa quién detenta el poder.
Esto explica que quienes no comparten los puntos de vista propios, y gubernamentales, sean golpistas, y la convicción de que no hay negociación posible, que no hay matices ni grises, que no hay nada que negociar y que todo es blanco o negro, de la misma manera en que el mundo se divide entre buenos y malos".
El matrimonio Kirchner debe estar imbuido de los contenidos del famoso refrán popular que dice "al enemigo ni agua". Partiendo de tal premisa, todo lo que se diga y haga es poco para descalificar a los líderes agrarios y a sus seguidores, que según la lectura gubernamental no se han lanzado al ruedo en defensa de unas reivindicaciones consideradas legítimas sino que se han instalado en una provocación constante al poder. Para más inri, son sólo cuatro dirigentes, representantes de la más rancia oligarquía, que no han sido elegidos por nadie, frente a quien conquistó el 45% de los votos. Esos cuatro disponen de forma arbitraria del control de ciertas libertades individuales, como la libertad de movimiento.
Si el lector tiene morboso deseo de seguir el conflicto argentino por la prensa rioplatense, probablemente encontrará una retahíla de frases hechas, como "redoblar la apuesta". El matrimonio Kirchner, en función de su muy peculiar estilo de entender la política y la democracia, interpreta que cualquiera que ose cuestionar su rol protagónico debe ser derrotado primero, para luego ser destruido y aplastado. Nadie le tose al gobierno y quien quiera que lo intente no debe sobrevivir para contarlo. Esto no es nuevo. En los primeros años del gobierno de Néstor Kirchner, una de sus máximas obsesiones fue "construir poder", un concepto repetido hasta la saciedad por amigos, observadores y analistas.
La peculiar concepción kichnerista de la democracia poco tiene que ver con las instituciones y la representación, por más que ahora la señora Kirchner saque a relucir el porcentaje de votos obtenidos, sino más bien con una idea personalista del mando y de la autoridad. El poder permite el uso discrecional del aparato del estado y de sus recursos, sin ningún tipo de control institucional ni de rendición de cuentas al pueblo soberano que eligió a sus autoridades y representantes. El usufructo del poder permite apelar a las instituciones cuándo y cómo convenga, sin desarrollar con ellas una relación bajo la servidumbre de las leyes y la costumbre.
De ahí la necesidad, convertida en verdadera obsesión, de la presidenta, del presidente del Partido Justicialista, de su entorno y de todos sus corifeos, como ese modelo de demócrata que es el líder piquetero Luís D´Elía, de descalificar a sus oponentes, llamándolos golpistas o mediante otros epítetos de calibre más grueso. Así asistimos al despliegue de verdaderas legiones de golpistas, y no sólo del ex presidente Duhalde. Golpista es todo aquel que discrepa del gobierno. Golpista es hoy sinónimo de gorila, anti demócrata, anti popular y oligarca.
El conflicto con el campo ha dejado de ser un diferendo sobre la redistribución del ingreso, reivindicaciones sectoriales o, inclusive, acerca de un determinado modelo de país, y se ha convertido en una lucha burda y brutal por el poder. Como las instituciones no cuentan, sólo importa quién detenta el poder. Esto explica que quienes no comparten los puntos de vista propios, y gubernamentales, sean golpistas, y la convicción de que no hay negociación posible, que no hay matices ni grises, que no hay nada que negociar y que todo es blanco o negro, de la misma manera en que el mundo se divide entre buenos y malos.
Con estos antecedentes y a la vista de la crispación existente en la sociedad argentina, expresada en el redoblar de las cacerolas y en las consignas injuriosas de unos y otros, la pregunta acerca del futuro argentino es comprensible. Algunas interpretaciones al uso, como la de cierta periodista alemana desconocedora absoluta de cuanto escribe, son claramente catastrofistas. Según estas explicaciones la sociedad argentina no sólo está dividida en bandos irreconciliables, sino también está armada, lo que explicaría una debacle inminente y una hecatombe total. Todavía estamos lejos de la anomia absoluta.
Es más, a diferencia de la crisis de 2001, una crisis fundamentalmente económica a diferencia de ésta, que es profundamente política, en 2008 ninguno de los distintos y muy variados actores políticos presentes ha demandado la renuncia de la presidenta ni una solución al margen de las instituciones. La falta de una oposición viable impide la capitalización del descontento, aunque será, una vez más, en el interior del peronismo donde se dirima el futuro del país. Los intendentes (alcaldes) y gobernadores justicialistas, a la sombra de los Duhalde, los Rodríguez Sáa, los Reutemann y otros, han comenzado a construir un referente alternativo dentro del propio peronismo.
En este marco se desarrolló el acto político del miércoles 18. Él inspiró el duro discurso, una verdadera diatriba, de la presidenta Kirchner, al que más de un observador comparó con el estilo de Eva Perón en sus mejores momentos. Resulta curioso ver como la pareja gubernamental, que hasta no hace mucho tiempo tenía serias dificultades para hablar de Perón y del peronismo, ha sido forzada a incorporar una liturgia que consideraba ajena. En sintonía con estos parámetros, la presidenta ha optado por ahondar las divisiones que cruzan la sociedad argentina. El Perón de comienzos de la década de 1950 y el Chávez de nuestros días son sus mejores maestros.
Por eso no extrañó la alusión al primer centenario de la independencia, celebrado en 1910, cuando Argentina era uno de los primeros países del mundo en renta per cápita. Cambiando de un plumazo toda la historia, siendo más revisionista que los revisionistas más radicales, la señora Kirchner dijo que en esa época Argentina exportaba todo lo que producía y por eso los pobres argentinos pasaban hambre. Resulta cuanto menos incomprensible que cuando los inmigrantes llegaban de todos los rincones del mundo por cientos de miles a los puertos argentinos, el hambre generalizada haya sido un estímulo para quiénes ansiaban establecerse en tierras tan recónditas como ignotas.
Este quiebre histórico era necesario para justificar la postura de una dirigente política, que según su discurso de ayer, tanto se ha sacrificado por su país. Una postura que intenta hacer creer que el aumento de las retenciones a las exportaciones agrarias (un impuesto a las ventas al exterior) tiene como principal objetivo permitir que los pobres del país puedan comer y ver algo de la riqueza generada. En realidad se trató de un canto a la autarquía, de un canto al desarrollo fuera del contexto internacional, un canto al crecimiento impulsado por el mercado interior protegido mediante subsidios y cualquier otro tipo de medidas proteccionistas.
La soberbia de los gobernantes suele ser mala consejera, especialmente cuando se escuda en el autoritarismo y en la ignorancia. La presidenta tiene a gala ser una gran oradora, que no requiere de papeles para hilvanar un discurso articulado. En realidad es la clara limitación de alguien incapaz de gobernar con equipos y técnicos, de alguien incapaz de delegar en alguna persona competente la redacción de un discurso y de ceñirse al mismo cuando la responsabilidad institucional es alta. El problema radica en que para el matrimonio Kirchner las instituciones cuentan poco (nunca han reunido al gabinete de ministros, Néstor Kirchner ha batido récords en la sanción de decretos de necesidad y urgencia, los presupuestos son un mero adorno aprobado por un parlamento que a duras penas cumple su papel de control del Ejecutivo, etc.) y que el poderes una cuestión personal y no institucional. Mientras esta perspectiva se mantenga será difícil llegar a una solución para el contencioso agrario.
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